La voz de la luna

Año: 
1990
Film: 
Color
Duración: 
118 min
Producción: 
Mario e Vittorio Cecchi Gori, per la C.G. Group Tiger Cinematografica e la Cinemax, con la collaborazione della Rai-Radiotelevisione italiana. Teatri di posa: Stabilimenti Cinematografici Pontini SpA
Distribuidora: 
Penta Distribuzione
Censorship visa (viewed): 
85393
01/02/1990

Es de noche, está la luna llena. A Ivo Salvini le llama la atención una voz. Se asoma a un pozo, luego le llama la atención un grupo de hombres que atraviesa el campo. Los sigue y asiste por detrás de las persianas al strip-tease de la tía de uno de ellos, que se da cuenta de su presencia  y lo echa porque no ha pagado. Llega un amigo de Ivo y se van juntos. Luego, tienen lugar encuentros extraños; en uno de estos la abuela de Ivo le dice que "recordar es bonito, más que vivir". Durante otra noche, de lluvia, Ivo consigue contemplar el rostro de su enamorada mientras duerme hasta que ella se despierta y lo echa. La mañana siguiente, en la plaza del pueblo hay una gran confusión de vendedores ambulantes y muchedumbres de turistas japoneses que sacan fotos a todo. Ivo se refugia en un techo, la gente piensa que quiere suicidarse y los bomberos lo salvan. Mientras tanto, los hermanos Micheluzzi intentan atrapar la luna que, según dicen, da órdenes a pequeños diablos en la tierra. Lo consiguen y todo el pueblo quiere ver la luna prisionera. Es la televisión, en una gran pantalla, que proyecta las imágenes. Un hombre le dispara y la pantalla se apaga. Entonces la plaza se vacía e Ivo, que se ha quedado solo, escucha la luna.

Crew

Dirección: Federico Fellini
Argumento: liberamente ispirato al romanzo "Il poema dei lunatici" di Ermanno Cavazzoni
Guión: Federico Fellini
Colaboración en el guión: Tullio Pinelli, Ermanno Cavazzoni
Director de fotografía: Tonino Delli Colli (Technicolor)
Tecnico del color: Carlo La Bella
Música: Nicola Piovani
Escenografía: Dante Ferretti
Vestuario: Maurizio Millenotti
Asistente de diseñador de vestuario: Alfonsina Lettieri, Carlo Poggioli
Montaje: Nino Baragli
Ayudante de dirección: Gianni Arduini
Asistente de dirección: Daniela Barbiani, Marco Polimeni
Operador de cámara: Marco Spelduti
Asistente de cámara: Massimo Intoppa, Roberto De Franceschi
Diseñador del foro: Massimo Razzi, Nazzareno Piana
Decoración del escenario: Francesco Lo Schiavo
Coreografía: Mirella Agujaro
Sonido: Tommaso Quattrini
Post-producción: Lillo Capuano
Productor ejecutivo: Bruno Altissimi, Claudio Saraceni
Director de producción: Roberto Mannoni
Organización general: Pietro Notarianni, Maurizio Pastrovich
Asistente del director de producción: Piero Spadoni, Nicola Mastrolilli

Cast

Roberto Benigni : Ivo Salvini
Paolo Villaggio : il prefetto Gonnella
Nadia Ottaviani : Aldina Ferruzzi
Marisa Tomasi : Marisa la vaporiera
Sim : l'oboista
Syusy Blady : la sorella di Aldina
Angelo Orlando : Nestore
Dario Ghirardi : il giornalista
Dominique Chevalier : il primo fratello Micheluzzi
Nigel Harris : Giuanin il secondo fratello Micheluzzi
Vito : terzo fratello Micheluzzi
Eraldo Turra : l'avvocato
Giordano Falzoni : il professore
Ferruccio Brembilla : il medico
Giovanni Javarone : il becchino
Lorose Keller : la duchessa
Patrizio Roversi : il figlio del prefetto Gonnella
Uta Schmidt : la nonna
Stefano Antonucci

Awards

1991
Nastro d’argento a la mejor música (Nicola Piovani) [en el premio a Piovani, con la película de Fellini se mencionan también "En nombre del pueblo soberano" y "El mal obscuro"]
1989-1990
David de Donatello al mejor actor (Paolo Villaggio), mejor escenografía (Dante Ferretti), mejor montaje (Nino Baragli)

Peculiarites

«Mientras jugueteaba con la tierra que pasaba de una mano a otra, como si mis manos fueran un embudo, decía vhuuuu. Era un niño bastante tranquilo, podía divertirme con cualquier cosa. A un cierto punto mientras estaba jugando, me pareció que me estaba viendo desde arriba, desde muy alto, y que me estaba balanceando y sentía un viento ligero en el pelo. Luego, pero es difícil describirlo, me di cuenta de que estaba plantado muy firme en la tierra. Y las piernas de ese chiquillo que ahora veía -que era yo- estaban en la tierra; eran una piernas tan largas que daban la sensación de ser unas raíces. Todo mi cuerpo estaba atravesado por una especie de sangre cálida, densa, que subía, subía y subía hasta la cabeza con ese vhuuuu que hacía mientras jugaba. Y ese sonido lo oía con un oído diferente, grandioso, más fino... [...] Luego, esa sensación de embriaguez, de ligereza y de potencia (potencia abajo y ligereza arriba) se difuminaba por el cielo: ¡me había transformado en un chopo! En La voz de la luna este episodio se lo hago contar a Benigni.»
Federico Fellini, Imago. Appunti di un visionario, conversazione-intervista a cura di Toni Maraini, Semar, Roma, 1994, pp. 29-30

Reviews

Morando Morandini
A pesar de la sosegada y serena melancolía de la conclusión, con ese toque sobre la necesidad del silencio (una frase con la que el héroe lunar se hace portavoz de Fellini), me parece que se trata de la película más funesta. Y no solo porque recurre a los temas de la muerte (ecos de ese Mastorna que el autor rumia desde hace décadas), de la locura (recuperando la película Las mujeres libres de Magliano de Tobino, que no quiso o no consiguió hacer), de la vejez, de la soledad, de la pesadumbre de la vida. La voz de la luna es también un comentario sobre la vulgaridad y la aversión al tiempo presente. La secuencia -graciosa pero ya no épica como antaño- de los ñoquis y de la elección de Miss Harina, con la partida triste e impetuosa de las autoridades y la escena de la discoteca monstruosa, resuelta con ese rabioso y rufián “coup de theatre” del valzer de Strauss, son elocuentes. La voz de la luna es un cuento contra el ruido de fondo.
"Il Giorno", 1 febbraio 1990
Sauro Borelli
La dimensión privilegiada que elige Fellini para esterilizar, aun en formas y modos excéntricos, su amargo cuento se condensa en un círculo un poco mágico, un poco falso de un “pueblo”arquetípico, que no solo refleja antiguas dulzuras, hoy ignoradas, sino también las averías de la degradación irresponsable del consumismo imperante. En este universo, constantemente desplazado por encima o por fuera de cualquier concepción racional de la vida, del mundo, solo el estro saturnino, totalmente inocente de los espíritus puros y de corazón - como Salvini, desde luego- podrá, quizás, volver a descubrir la leche de la bondad humana, del amor sincero y apasionado, de la poesía nativa de los "locos beatos". Así son, incorruptos y simples, y permanecen de la misma manera, el ya mencionado Salvini, loco de amor (no correspondido) y el almidonado, megalómano ex prefecto Gonnella, cuya extromisión del poder, del mando le da la genial inquietud de negar, a su vez, cualquier cosa, cualquier persona que presume ser, de representar la realidad. Y alrededor de similares obsesiones oblicuas y ubicuas, se mueve un muestrario de frustrados, de relictos, de detritos que solo en su irreducible, autoilusorio vitalismo intentan encontrar coartadas, una justificación para su existencia vivida, sufrida, diríamos a la desbandada. Sin embargo, a pesar de estos aspectos angustiosos, el lúcido, impiedoso apólogo de Fellini no desemboca, ni accede, casi nunca, a matices deprimentes. Al contrario. En La voz de la luna, como en tantas otras películas del director de Rímini, la girándula vertiginosa de bromas, paradojas y paroxismos alcanza la cumbre de la maestría prodigiosa y de la hilaridad más surreal. Aunque la vena subterránea de esta película permanece, de manera sutil, trágica.
"L'Unità", 2 febbraio 1990
Vittorio Spiga
La voz de la luna es una de las aventuras más encantadoras y poéticas de Federico Fellini. A través de sonrisas y payasadas tenemos una visión del mundo inquietante, desencantada y desgarradora. Entre leyendas, cuentos y extravagancias, Fellini vuelve a proponer todo su universo infinito de símbolos, memorias, invenciones. Nunca cae en lo "ya visto", en la automención. Se encuentran, de manera delicada, todas las obras del Maestro, desde la primera hasta la última. Pero en esta última obra maestra Fellini filtra cada estilema y propone otros muy originales. Revela una imaginación intacta y cada vez más fecunda; con un caleidoscopio de caracteres en que lo dulce y lo amargo, lo cómico y lo melancólico, la exuberancia y la delicadeza psicológica, los sueños de evasión y los análisis despiadados, la agudeza de observación y la multitud de temas, las tramas sutiles se renuevan en un carrusel vertiginoso y fantástico, lleno de secuencias memorables. Abstracta y fabulosa, irreal y mágica, alegre y grotesca La voz de la luna habla de los mitos y de los ritos de hoy (la televisión, los fast-food, las discotecas...) Se refugia en el sueño de ayer (los alrededores de Rímini, la amabilidad emiliano-romañola, las fiestas del pueblo, la fiesta de los ñoquis con Miss Harina, las alquerías, las burlas...). Va más allá del telón efímero y ruidoso del presente. Si Amarcord era la “aldea total” de la memoria, La voz de la Luna es el último refugio contra las intemperies del mundo contemporáneo. Una película leopardiana, casta y cándida como los versos del poeta.
"La Nazione", 1 febbraio 1990